David Ed Castellanos Terán
@dect1608
Un chiste convertido en anécdota.
Lo siguiente parece chiste, pero no lo es; tristemente no es una broma.
Si bien es cierto que durante casi dos décadas Tamaulipas acaparó los informativos nacionales con noticias de violencia, contrabando, migración o disputas políticas rampantes y estúpidas, en la actualidad, de la manera más absurda, en el festival gastronómico “México de mis sabores”, en Campo Marte, una larga fila de visitantes esperaba probar un pedazo de identidad tamaulipeca: el taco de tortilla de harina al que los victorenses le llaman “flauta”.
Al equipo de Turismo de Tamaulipas se le ocurrió utilizar ese platillo como “embajador gastronómico y digno representante de Tamaulipas en el festival México de Mis Sabores. Quizás el valeroso ocurrente que tomó esa decisión imaginó que era la mejor apuesta, incluso como una mera marca de publicidad para comenzar a construir nuevos intereses en la entidad.
En el ámbito turístico, algunos estados presumen playas, otros sus pueblos mágicos y están aquellos que venden experiencias de lujo, pero Tamaulipas encontró “la flauta de harina”, sí, la auténtica y original tortilla de harina convertida en taco, pero, elaborada en la geografia victorense.
Eso sí, No existe inteligencia artificial capaz de fabricar una tradición de generaciones. No existe estrategia digital que sustituya el sabor heredado de una cocina familiar. No existe narrativa gubernamental que pueda competir contra una receta que sobrevivió al paso del tiempo, y a la carilla generalizada. Quizá por eso las flautas de harina están teniendo éxito.
En la intimidad… Mientras una flauta de harina intenta conquistar paladares en la capital del país, en Tamaulipas hay otra competencia menos visible, pero quizá más importante: la disputa por el tiempo libre de los niños.
Parece una exageración. No lo es.
Vivimos en una generación donde los teléfonos celulares, las redes sociales y los algoritmos pelean todos los días por la atención de millones de menores. Frente a esa realidad, cualquier espacio que logre sacar a un niño de una pantalla para llevarlo a una cancha, a un taller artístico o a una biblioteca merece ser observado con atención.
Por eso resulta pertinente la decisión de la Universidad Autónoma de Tamaulipas de abrir nuevamente sus Campamentos Deportivos y Culturales de Verano 2026.
No es solamente una actividad recreativa. Es una declaración institucional.
Bajo la rectoría de Dámaso Anaya Alvarado, la Universidad parece estar entendiendo algo que durante años pasó desapercibido para muchas instituciones de educación superior: la vinculación social no comienza cuando un joven se inscribe en una licenciatura. Empieza mucho antes.
Empieza cuando una niña descubre que puede pintar.
Cuando un niño entiende que puede competir en una cancha sin necesidad de pelear.
Cuando alguien encuentra en la lectura, la música o el deporte una alternativa distinta al ocio improductivo.
Del 6 al 17 de julio, los gimnasios multidisciplinarios de Victoria, Reynosa, Nuevo Laredo, Tampico y El Mante recibirán a cientos de menores que probablemente no recuerden el nombre de quienes organizaron el programa.
Y está bien que así sea.
Porque las mejores políticas públicas suelen ser aquellas que no buscan aplausos inmediatos.
Las que siembran hoy para cosechar dentro de diez o quince años.
En un estado que con frecuencia aparece en los titulares por huracanes, seguridad, política o conflictos económicos, también vale la pena hablar de las historias silenciosas.
Las que ocurren en una cancha de básquetbol.
En una clase de pintura.
En un taller de lectura.
O en un campamento de verano.
Porque el futuro de Tamaulipas difícilmente se decidirá en una conferencia de prensa.
Pero sí puede comenzar en una infancia bien acompañada.