CUENTO CORTO
Persiguiendo un sueño.
El aroma a tinta fresca y café recién colado, un recuerdo persistente de mis años en la imprenta, se desvanecía lentamente a medida que el hambre apretaba.
A mis doce años, comencé como simple Impresor de pie, aprendiendo cada oficio: Encuadernador, Guillotinista, y finalmente, Cajista.
Pero el anhelo de algo más, el sueño lejano de estudiar Derecho, se había convertido en una fuerza irresistible.
Abandoné la imprenta, dejando atrás la seguridad de un salario, para perseguir esa quimera que ahora se erguía como mi norte; corriendo el riesgo de que: Las grandes se coman a las chiquitas.
El destino, o quizás la perseverancia, me condujo a un encuentro fortuito en la Agencia Segunda del Ministerio Público. Enrique Villegas Zamilpa, el titular, me ofreció un puesto como secretario meritorio. Un pequeño paso, sí, pero un paso firme hacia la carrera que ya había comenzado a forjar en mi mente: la justicia social, el Derecho.
No había salario propinas apenas suficiente para medio cubrir mis necesidades básicas, pero la satisfacción de contribuir al sistema legal, de estar inmerso en ese mundo que antes solo soñaba, era impagable.
Tomar declaraciones, asistir al hospital a dar fé de lesiones, integrar la Averiguación Previa, y hacer la consignación al Juzgado, fue sin duda práctica forense invaluable.
La vida, con su peculiar manera de tejer los hilos del destino, me llevó después al Seguro Social, no como un necesitado buscando atención médica, sino como notificador.
Dos pesos por notificación, un salario precario, insuficiente para sobrevivir. Fue allí, entre notificaciones y trámites burocráticos, donde conocí a Héctor Tijerina. Joven abogado, brillante y generoso, con un don para la conversación que me cautivó.
Héctor se convirtió en mi mentor informal, mi guía en el intrincado mundo del Derecho Laboral. Su regalo, un ejemplar comentado de la Ley Federal del Trabajo de Climent Beltrán,, fue mi brújula en el laberinto de la ley, comentarios y jurisprudencia, que allanaron el camino para la defensa tanto de trabajadores como patrones.
Las conversaciones con Héctor eran apasionantes. Nombres como: María Cristina Salmoran de Tamayo, Climent Beltrán, Trueba Urbina y Baltasar Cavasos, resonaban en nuestras discusiones, cada uno representando una perspectiva diferente sobre la compleja relación entre patrón y trabajador. La balanza entre justicia social y eficiencia económica, un tema que me fascinaba, se convirtió en mi obsesión. Analizábamos cada fallo judicial, cada artículo de ley, buscando la equidad, la justicia.
El camino, como era de esperarse, no fue fácil. Hubo noches de insomnio, días de frustración, momentos en que la duda me asaltaba. Pero la perseverancia, alimentada por el recuerdo del hambre inicial y el creciente apetito por la justicia, me impulsaba hacia adelante. De notificador pasé a pasante, de pasante a asistente legal, y finalmente, a un puesto que superó mis expectativas más audaces: Presidente de una Junta Federal de Conciliación.
El hambre inicial se había transformado en un apetito insaciable por la justicia, un apetito que me impulsa aún hoy, años después, a seguir buscando la equidad en un mundo que a menudo se inclina hacia el desequilibrio. El aroma a tinta y café se ha desvanecido, pero el aroma a justicia, ese es un perfume que perdura, un aroma que me acompaña en cada decisión, en cada fallo, en cada lucha por la equidad.
El camino fue largo y difícil, pero la satisfacción de haberlo recorrido, de haber alcanzado una meta que alguna vez parecía inalcanzable, es una recompensa invaluable.
La moraleja, nunca abandones tus sueños, persiste aún en los vendabales más difíciles, siempre hay y habrá quien te proteja y te guíe por el camino del bien.
Su Atento y Seguro Servidor.
G.C.V.



