David Ed Castellanos Terán
@dect1608
La lección que México llevaba años necesitando
La discusión energética en México se convirtió en una cena de negros. Desde el ignorante aquel que dijo que extraer el petróleo no tenía ciencia y era como sacar agua de un hoyo con un popote, hasta los pasados de lanza que entregaron todo con la excusa de que Petróleos Mexicanos era inoperante. El asunto es que no se trata simplemente de Pemex, sino de sus sindicalizados perezosos, tramposos y huevo… en fin.
Sí, no olvidemos a aquellos que juraron abrir la puerta a cualquier alianza aunque pareciera una traición a la soberanía nacional, mucho menos a los que aseguraban que Petróleos Mexicanos estaba condenado a convertirse en una reliquia del siglo pasado. ¡Pinchis vatos!
Por eso el memorando de entendimiento firmado entre Pemex y Petrobras, apenas en días pasados, merece una lectura mucho más profunda que la de un simple comunicado corporativo.
Lo que ocurrió no fue una fotografía para la prensa.
Fue un reconocimiento silencioso de la realidad.
Pemex necesita aprender.
Y Petrobras tiene mucho que enseñar.
La petrolera brasileña no es una empresa cualquiera. Es probablemente el caso de éxito más importante de América Latina en materia de exploración en aguas profundas. Mientras México discutía reformas, contrarreformas y contrarreformas de las reformas, Petrobras desarrolló tecnología, talento humano y capacidades operativas que hoy la colocan entre las compañías más importantes del planeta en extracción offshore.
Pemex, por su parte, carga una mochila más pesada, un endeudamiento que, de ponerle la cifra, se nos acaban los datos del celular; además, décadas de corrupción. Sindicatos intocables y corruptos hasta tres generaciones más. Decisiones políticas disfrazadas de decisiones técnicas. Gobiernos que utilizaron a la empresa como caja registradora. Y una deuda que sigue siendo una de las mayores del mundo entre las petroleras estatales, insisto, no alcanzan los megas para escribir el monto.
El acuerdo no se limita a intercambiar saludos diplomáticos. Habla de exploración. Habla de extracción. Habla de aguas profundas. Habla de aceite pesado y ultrapesado. Habla de campos maduros. Habla incluso de posibles coinversiones. Traducido al lenguaje de la calle: habla de dinero, ¡a huevo, mucho dinero!
Porque si algo sabe Petrobras es convertir conocimiento geológico en producción comercial.
Y si algo necesita Pemex es exactamente eso.
La verdadera riqueza petrolera del Golfo de México sigue descansando donde más cuesta extraerla. Ahí donde la profundidad exige tecnología de punta, inversión multimillonaria y experiencia acumulada durante décadas.
Ninguna empresa aprende eso de la noche a la mañana, pero, eso sí, nada hubiera sido posible sin Juan Carlos Carpio Fragoso, el nuevo director de Pemex que tiene toda la confianza de Claudia Sheinbaum Pardo, ni más ni menos que la presidenta de México.
Este acuerdo representa algo más importante que un intercambio técnico. Representa una señal de madurez. La soberanía energética del siglo XXI ya no consiste en encerrarse. Consiste en saber con quién asociarse. Brasil lo entendió hace mucho tiempo. Ahora México parece comenzar a comprenderlo. Porque la verdadera independencia no es trabajar solo. La verdadera independencia es tener la capacidad de decidir con quién construyes.
Si este memorando termina produciendo nuevos descubrimientos, mayor extracción y mejores resultados financieros para Pemex, estaremos frente a una de las alianzas energéticas más relevantes de América Latina en los últimos años.
En la intimidad… Una historia muy distinta acaba de emerger desde las profundidades de la memoria.
Y ocurrió en Tampico. No en Chiapas. No en la Selva Lacandona. No en alguna comunidad zapatista.
En Tampico.
Más de treinta años después del levantamiento armado del EZLN, la casa donde creció Rafael Sebastián Guillén Vicente volvió a abrir sus puertas.
Y lo que apareció detrás de una pared terminó diciendo más de lo que muchos libros e historiadores del movimiento zapatista han logrado explicar.
Durante semanas, Jorge Méndez Guillén ha compartido en redes sociales una serie de recorridos por la vivienda de sus abuelos, doña Socorrito Vicente y don Alfonso Guillén Guillén.
Lo que comenzó como un ejercicio de memoria familiar terminó convirtiéndose en una pieza de enorme valor histórico.
Porque Jorge no solamente mostró habitaciones.
Mostró contexto.
Mostró origen.
Mostró humanidad.
Y eso es algo que pocas veces ocurre cuando se habla del hombre que México conoció como Subcomandante Marcos.
Sin embargo, la cuarta entrega de esta serie abrió una ventana inesperada.
Sobre una pared apareció un mural realizado por Rafael Sebastián Guillén durante su juventud.
Un dibujo hecho a lápiz.
Grafito puro.
Sin colores.
Sin pretensiones artísticas.
Pero cargado de símbolos.
Quienes observaron un simple boceto… ¡pobres!
Es un error.
Lo que aparece ahí merece una lectura mucho más cuidadosa.
La secuencia inicia con una mano.
Después surge una figura masculina en posición fetal.
Más adelante aparece un rostro barbado.
A un costado emerge un águila real rompiendo el cascarón de su propio huevo.
Y finalmente aparece el elemento más desconcertante de toda la composición.
Una figura que a primera vista parece un vestido amplio con holanes.
Observada desde otra perspectiva, utilizando lo que algunos especialistas denominan pareidolia geográfica —la capacidad de encontrar representaciones reconocibles dentro de formas abstractas—, esa aparente prenda adquiere una lectura completamente distinta.
Ya no parece un vestido.
Parece la Selva Lacandona.
Y si esa interpretación resulta correcta, el mural deja de ser un ejercicio juvenil de dibujo.
Se convierte en una narrativa visual.
Un relato de transformación.
Un hombre.
Un nacimiento.
Un renacimiento.
Un águila emergiendo de su encierro.
Y finalmente un territorio.
Un destino.
Una geografía política.
Como si Rafael Sebastián Guillén hubiera dejado sobre aquella pared una carta dirigida a su familia sin escribir una sola palabra.
Lo fascinante no es la calidad técnica del dibujo, aunque resulta evidente el esfuerzo por dominar recursos como el achurado, el difuminado, el circulismo y el control de presión del grafito para generar volumen y profundidad.
Lo fascinante es el mensaje.
Porque décadas antes de aparecer encapuchado en Chiapas, parece existir un joven tampiqueño intentando explicarse a sí mismo quién estaba a punto de convertirse.
Y aquí aparece otro personaje que merece atención.
Jorge Méndez Guillén.
Maestro en Administración Militar para la Seguridad Interior y Defensa Nacional por la Universidad del Ejército, Fuerza Aérea y Guardia Nacional.
Especialista en inteligencia y contrainteligencia.
Analista de seguridad.
Y al mismo tiempo integrante de la familia que conoció a Rafael antes de que el país conociera a Marcos.
Esa combinación es poesía pura.
Porque no estamos viendo a un sobrino nostálgico abriendo cajas viejas.
Estamos observando a alguien que entiende el valor estratégico de la memoria, la narrativa y los símbolos.
Y quizá por eso estos videos han conectado con tanta fuerza.
No intentan reivindicar.
No intentan condenar.
No intentan reescribir la historia.
Simplemente abren una puerta.
Pero a veces una puerta basta.
Especialmente cuando detrás de ella aparece el hombre antes del mito.
Y pocas veces en la historia contemporánea de México hemos tenido la oportunidad de observar algo tan raro como eso.
¡viva Tampico, Tamaulipas!