SOBRE LA RENUNCIA DE AURELIO REGALADO Y MAS (3) / Por Gustavo Compean Vibriesca

SOBRE LA RENUNCIA DE AURELIO REGALADO Y MAS (3) / Por Gustavo Compean Vibriesca

La historia de una ciudad es como un «poema», ambos requieren una inmersión profunda para ser comprendidas y apreciadas.

Carlos González Salas, hizo de la historia «un poema», que no basta con leerlo una sola vez.

Se necesita tiempo para comprender sus matices, sus imágenes sus emociones. Del mismo modo, para conocer una ciudad, no basta con visitarla superficialmente; se requiere vivir, en ella, recorrer sus calles, interactuar con sus habitantes, descubrí sus rincones ocultos.

Un poema evoca un tiempo y un espacio, al igual que una ciudad que conserva en sus edificios, sus monumentos, sus costumbres, el eco de su pasado.

la historia de una ciudad, como la historia de un poema, es crucial para comprender su presente y proyectar su futuro.

El Cronista Vitalicio de Tampico, Carlos González Salas, hizo de la historia de Tampico “un poema». Descrito con sentimientos, ideas, lenguaje, versos, estrofas y rimas y actitud lírica, esa forma en que expresa sus sentimientos y emociones, de la musa que tanto amo.

Si me permiten un momento distraerlos del tema de «Cronista’, para narrar un poco del «hombre sencillo, humano, demasiado humano, hijo, hermano y amigo».

He comentado como lo conocí, el caso es que fuimos vecinos ahí en el barrio de la Cruz Roja, donde tenía mi despacho y él vivía a la vuelta de éste, por la calle Tamaulipas.

Se estrechó más la amistad, pero igual fuimos ahondando en mutua confianza de nuestras vidas. Le llamo «yo», confesiones de cantina; y no es precisamente de beodos, puede decirse tomadores «sociales», nunca pasamos de dos cervezas a la vez.

Así, cierto día, me llamo por teléfono a mi despacho para invitarme a la «botana», porque le gustaba mucho, como a mí, ese tipo de comida; sobre todo el caldo, de: «pescado», de «jaiba», «res» o «pollo»; no se diga los exquisitos guisados. Cada cantina tenía su sazón que obligaba a regresar al día siguiente.

Pasé a su casa por él, no quiso manejar y me dio la llave de su bochito: «Maneja tu» -me dijo, «ya no veo bien».

Nos fuimos a la Rosalío Bustamante, a la altura donde hoy está la rueda de la fortuna, cantinucha atendida por un simpático gay.

Después de un par de tragos me dijo; «Mi secretaria dejó de trabajar conmigo, no sé qué voy hacer, ya no veo con un ojo y con el otro estoy perdiendo la vista».

-Era cierto pues, ya usaba una lupa para leer.

La secretaria, había sido la única que le conocí por poco más de tres décadas; además de secretaria mecanógrafa, hacia labores de limpieza y elaboraba los alimentos. Sus razones: «que había encontrado con quién casarse».

Se veía mortificado, podría decirse; su vida había sido escribir libros, y de pronto se quedaba sin su mano derecha o mejor dicho sin sus ojos.

No tenía a quien recurrir, en razón de su situación económica como para contratar una buena secretaria.

Además, él, cuidaba a una hermana enferma en cama.

Creo que, a partir de ahí, se vino abajo su razón de vivir.

Cómo que «Su Tampico, es lo Azul, se volvió a «a Vuelo de Concord, una pesadilla, que presentía no volvería a ver».

¿Qué voy hacer hijo? -me dijo.

A mi despacho había ido, una joven de Nombre Reyna, a pedir trabajo, quedando de resolverle en unos días, recién llegada de un rancho de las huastecas, me pareció el perfil exacto para cubrir el trabajo que había dejado la otra.

Hablé con ella, la presente con Don Carlos, y acepto trabajar; excelente secretaria, igual realizó labores de la casa con una paciencia franciscana, cuidando la salud del padre, hasta su fallecimiento.

Durante un tiempo, se estabilizó su dinámica de salud siguió escribiendo; dictando sus libros, hasta que cierto día.

Fuimos a la «botana», me platicó que los inquilinos del edificio donde vivía, lo habían consultado pues les habían pedido dejarán las viviendas porque el edificio estaba en venta.

El mismo tenía que desalojarlo; otro golpe que le bajó su estado de ánimo, nuevamente por los suelos. Ya en su casa me mostraba su biblioteca particular y decía: ¿Que voy hacer con mis libros, no tengo a donde llevarlos?

Una consola antigua, algunos discos de acetato, muebles y recuerdos familiares, su jaiba de oro, que le dieron los Tampiqueños que viven en la Cd., de México. Con su comentario: «Está es la jaiba, que no es jaiba, ni es de oro».

En un cuarto; libros recortes de revistas y periódicos, una caja de madera con mucho escrito, a la vez que me decía:

«Llévate esto, ya no tengo tiempo para organizarlo y escribir de ello».

Se refería a un concurso de «cuento» o narrativa personal de los Alijadores del Puerto. Experiencias vividas desde su llegada al muelle, hasta logra ser socios de la Cooperativa orgullo Tampiqueños.

De ahí surgió un pequeño libro: «Muelle Tampico», Antología de trece cuentos.

Continuo el recorrido por el pasillo, nos paramos frente a una pequeña puerta con un candado viejo, debajo de las escaleras.

Un momento de silencio como si estuviera orando; con cierta nostalgia dijo: «Aquí mi padre puso este «candado» y desde que murió no lo he abierto, no sé qué tenga ahí».

Le pregunté si les habían dejado alguna notificación judicial. -contesto: «Aún no. Me dejaron el nombre del abogado».

Al abogado lo conocía muy bien. -deje y habló con él a ver qué se puede hacer. -le dije.

Localicé al abogado, efectivamente estaba preparando las demandas de desalojo.

En virtud de que la intención es vender el edificio le pregunto: ¿Cuánto quieren por él?

-Un millón de pesos.

Le informó al padre y me dice: «Yo tengo para comprarlo», con cierta esperanza y hasta alegría diría yo.

Acordamos hablar nuevamente con el abogado para hacer el trato.

Me entrevisto con él, le confirmó el interés en comprarlo; y algo en su mirada me dió el chispazo que algo no estaba bien.

Me dijo: «Ya no es un millón, es un millón doscientos mil. Cien mil para ti y cien mil para mí».

¡Es increíble como la a avaricia transforma a las personas!

– ¡Oye, Pero ya habíamos quedado en un precio!

Además, toma en cuenta que es un sacerdote ya mayor, que ha vivido ahí, desde que vivían sus padres

¡Pues tómalo o déjalo, tengo otro comprador! -me dijo.

Pero, si eso suena a infamia, aún faltaba lo peor por venir.

Hablando con el Padre, sobre el nuevo precio, me dice: «Hijo me dice mi hermano que ya no tengo dinero -a él, se lo daba a guardar-, que con la devaluación no tengo ni cien pesos»; todo congojado y triste, sus esperanzas se derrumbaron.

Resultado del caso, tuvo que dejar el departamento donde vivió toda su vida, igual desalojaron a los demás inquilinos.

Pero dejen y les comento, sobre ésta parte de la narrativa.

Resulta que cierto día, en mis andaré de «botanero» en una cantina de Cd. Madero, me encontré a la secretaria que dijo ser «dejaba la chamba para casarse»; pues nada: ¡Estaba de fichera! En unos meses se veía físicamente acabada.

Y por cuánto al abogado aquel «avaricioso», resultó que en un choque de carretera perdió la vida.

¿Justicia divina?

¡No lo sé, por aquello de las dudas, no hay que tentar al diablo!

Don Carlos, consiguió un modesto departamento a una cuadra de dónde vivía. Su salud empeoró; Reyna, se desgasto atendiéndolo día y noche.

Este departamento, estaba en malas condiciones, por lo viejo, el techo goteaba cuando llovía, las paredes requerían atención, y la puerta de entrada tenía su dolor de cabeza.

Sin embargo, ya por lo menos tenía un techo Don Carlos, que seguía escribiendo.

Cómo Cronista recibía visitas de muchas personas del ambiente cultural, periodístico, investigadores, y amantes de la historia de Tampico.

De todas ellas, una dama generosa enterada de la condición física y apuros económicos sin más ánimo que la filantropía, apoyó con el sueldo de una persona que cuidara al padre en las noches, dando oportunidad a Reyna, para descansar y ocuparse de su familia.

De todos los amigos y familiares que tenía, fue la única que verdaderamente se preocupó por él, igual que el Obispo Rafael Gallardo Garcias, con quién por igual llegamos a tener una gran amistad, dándome algunas encomiendas, sobre todo al inicio de las relaciones diplomáticas de México con el Vaticano.

La dama generosa, escritora editorialista, empresaria y promotora de la cultura en la ciudad, es: Amparo Berumen. Logró gestionar un memorial en vida para el Cronista y Presbítero Carlos Gonzáles Salas, consiguiendo que el Ayuntamiento le pusiera su nombre a una calle, por el «Campanario», frente a Liverpool.

El día del evento, estaba haciendo un frío con viento helado como pocos en Tampico. Un grupo de damas que participaron fueron hasta la casa por él, lo abrigaron y lo trasladaron a la ceremonia.

Se veía, muy contento y optimista, aunque su físico ya marcaba las huellas del tiempo y las preocupaciones que son imborrables.

¡Inolvidable día!

En la calle que colinda con la avenida Hidalgo, fue puesta la placa con su nombre y el código postal.

Han pasado los años, el padre falleció el 20 de Julio del 2010, poco se habla ya de él.

Su legado son los libros que escribió a donde se puede consultar todo lo relativo a la historia de Tampico, sus apuntes guían al investigador a buscar en el lugar apropiado hasta el más mínimo detalle de su historia.

Y su memoria en la calle con su nombre, ya no existe, ni parece importarle a ningún Ayuntamiento conservar la memoria y la identidad de su ciudad, si no es ir más allá de la frivolidad de la foto para figurar como político preocupado por sí mismo.

No creemos que Carlos González Salas, merezca tanto olvido.

La mejor forma de honrar su memoria es con un archivo histórico propio para conservar el patrimonio cultural e histórico de la identidad Tampiqueña.

¡Pero un archivo de verdad, no al ahí se va, en terreno, húmedo, con los riesgos inminentes de inundarse con estos climas imprevistos!

Gcv 07-Agosto-2025 Desde STAVANGER Noruega.

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